jueves, 3 de julio de 2008

Ingrid: la paz posible

Uno desprecia el terrorismo -todos los terrorismos- por la irresponsabilidad del anonimato, y por las víctimas inocentes, los "daños colaterales" de sus cobardes acciones.
Lo de las FARC, como lo de ETA, comenzó por ser la reivindicación de una patria, de unos pobres olvidados, y ha devenido –también como ETA- en un terror contra la libertad, vida, la paz de los ciudadanos, la democracia, incluida sus imperfecciones.
Hubo un tiempo, unos siglos de metrópolis colonialistas, como hubo décadas de Guerra Fría y terrorismo de Estado contra las patrias latinoamericanas. ¡Cómo olvidar al funesto Johnson y sus 42 mil hijos de p… violando una patria soberana; quién no recuerda la Operación Condor, a Mr. Kissinger y sus planes de aniquilamiento y tortura, nuestra "limpieza" de los XII Años con la CIA como gerente y bandas de colores en los barrios!
Esos desmanes de metrópolis e imperios hicieron brotar como hongos revolucionarios en toda la América morena a unos grupos armados que optaban por transitar el único camino que un dictador, un cínico delfín imperial, o un tirano de las cavernas, les dejaban. No olviden la tea incendiaria del general Máximo Gómez, su estrategia de liberar a Cuba haciendo arder los bienes del imperio español en la isla, comenzando por los ingenios azucareros y hasta la María Santísima si fuere necesario. Para entonces, había una patria que inventar y un todo un pueblo esperando. Eran otros tiempos, sin la posibilidad cierta de la democracia y sus luces.
La liberación de Ingrid Betancourt, que era el tesoro propagandístico, el escudo de impunidad de las FARC, no va a solucionar las inequidades de la sociedad colombiana, ni va a aniquilar el poder que el narcotráfico ha alcanzado en TODOS los estamentos de esa patria -donde hasta los analfabetos hablan como poetas y las muchachas en flor andan con el paraíso enganchado en su pelo negro-, pero puede representar el inicio de todo eso, un paso hacia delante, la demostración feliz de que la paz es posible en Colombia, y ¡cuánto se la merece!

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